AGUA: PERSPECTIVAS PARA SU COMPRENSIÓN SOCIAL Y EDUCATIVA. APROXIMACIONES TEÓRICO-PRACTICAS PARA EL RECONOCIMIENTO DEL AGUA COMO CATEGORÍA SOCIAL Y EDUCATIVA. Por: Juan Ernesto Sánchez Rodríguez

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Por Juan Ernesto Sánchez Rodríguez  Profesional en sociología; Candidato a  magíster en educación universidad javeriana

Si el hombre es un gesto, el agua es la historia

Si el hombre es un sueño, el agua es rumbo

Si el hombre es un pueblo, el agua es el mundo

Si el hombre es recuerdo, el agua es memoria

Si el hombre está vivo, el agua es la vida

(Joan Manuel Serrat).

Palabras claves

Agua, Naturaleza, organización social, memoria, colonialidad, modernidad.    

 

Introducción

El presente artículo pretende fijar algunos elementos claves para comprender el agua  desde las relaciones biofísicas, culturales, políticas y económicas de los sujetos en la vida cotidiana. En este sentido plantear su relevancia  en la configuración de procesos sociales, reconoce la posibilidad de escudriñar todas sus complejidades y traer al plano de lo concreto sus significaciones; vislumbradas en algunas prácticas  de las organizaciones sociales Alianza por el agua y Fortaleza de la montaña ubicadas en el departamento de Cundinamarca, particularmente en los municipios de Guasca y Chia, contemplado a el agua como  categoría social y su interrelación con la cultura, además de su lectura desde la dicotomía de modernidad-colonialidad, en tanto que el agua en efecto encontró procesos de dominación parte de los individuos, así mismo también se pretende integrar una traducción de carácter de-colonial donde se integren los saberes populares que se han tejido entorno a la memoria hídrica.  

Por otro lado se pretende fundamentar la categorización  educativa del agua en relación concreta con los elementos sociales que tejen en sus acciones y  agenciamiento para su defensa y preservación territorial. Ahora bien estas reflexiones establecidas desde la práctica,  permitirán re significar procesos que en tiempos de incertidumbre determinará la posibilidad de visibilizar y gestionar cambios de carácter social que reconozcan el impacto del hombre sobre la naturaleza y que posibiliten  gestar un vínculo más estrecho con la ética ecológica y el desarrollo sostenible.

El agua y lo social.

Referirnos al agua como una categoría social, permite observar su importancia en la configuración de las relaciones en el territorio  desde su carácter multidimensional ya que cobran sentido las experiencias vitales que los sujetos construyen en interrelación con la naturaleza desde factores  históricos, sociales, biológicos y culturales. A su vez el agua vista desde la construcción social debe entenderse más allá de un simple atributo objetivado, plano, lineal medible e indicador de desarrollo económico. Es así que para  comprender socialmente el agua es preciso ahondar en las formas de ver, sentir y percibir el mundo por parte de los sujetos y su construcción de significados alrededor de los elementos que son parte de su existencia que a su vez han generado un valor trascendental en relación con el medio que los rodea y por el cual le dan un sentido a la vida cotidiana.

Ahora estas  formas de ver el mundo están directamente arraigadas  a la concepción de naturaleza, entendida como un ente con capacidad de acción y con  dinamismo propio que permite configurar  interrelaciones de los seres que la componen y  la construyen a partir de prácticas de interacción mediadas por el ser-saber y relaciones de poder. De aquí que:

La naturaleza es sentida, conceptualizada y construida de manera diferente de acuerdo con procesos sociales basados en contextos materiales, instituciones sociales, nociones morales, prácticas culturales e ideologías particulares. Estas prácticas, concepciones e imágenes establecen maneras de percibir, representar, interpretar, usar e interrelacionarse con las entidades no humanas” (Ulloa, 2004, p. 139).  

Desde esta perspectiva la concepción de agua  debe ser situada con los procesos locales que se fundamentan bajo realidades particulares y prácticas específicas de los sujetos y los seres con los que cohabitan en un escenario de encuentro, memoria, concertación y a su vez de lucha, resistencia, control y dominación.  Es decir que el agua está entretejida a la cultura, puesto que construye los significados y sentidos de la acción social y permite generar identidades y territorialidades expresadas a partir de relaciones experienciales, vínculos de arraigo y apego a un espacio, procesos históricos y trascendentales que dan respuesta a la genealogía de la vida humana.

El agua, la naturaleza y la cultura.

La relación cultura-naturaleza encuentra su mediación en el agua, porque refiere toda una configuración de sentidos cosmogónicos y sociales  que dan significado a las relaciones en el territorio; para esto Arturo Escobar (2011) refiere que desde las epistemologías de la naturaleza y la  colonialidad de la naturaleza se proponen tres principios que se han suscitado en este apartado para precisar la fundamentación del agua en las trasformaciones socio-históricas de la vida.     

Estos regímenes de naturaleza en disputa son, la naturaleza orgánica en la cual no hay separación tajante entre sociedad y naturaleza y hay elementos de integralidad y sacralidad en los usos de la misma; la naturaleza capitalista en donde todo se vuelve recurso y se maniobra para hacer cada vez más capitalizable (las fuerzas productivas, la tierra la vida misma, etc.); y la naturaleza postmoderna (Escobar 2010, p. 49).

Con respecto al agua como principio orgánico es necesario comprender  los significados, usos y relaciones que la han permitido configurarse como un sujeto sagrado desde procesos históricos  y que se ha construido desde saberes populares, es decir que el agua le otorgó un sentido a los fenómenos cotidianos y a los actos humanos o bien como plantea  Piñeyro (2005) ritualizó y creó performatividades en torno a la vida. Entonces:

La existencia recurrente de los mitos, leyendas y relatos tradicionales americanos vinculados al agua se debe al hecho de que ella está ligada al origen del universo. Los Mayas, los Aztecas, los Incas, los Muiscas y los Zinúes, consideran que el agua es el origen de la vida. Así lo manifiestan el culto a Viracocha, Quetzalcóatl, Pachuec y Tunupa. Los Incas precisan que el nacimiento del mundo tuvo como sede al Lago Titicaca. Pero el culto al agua no sólo tiene como objeto a las deidades creadoras de la vida, sino a aquellas que ayudan a mantenerla. Los dioses que protegen el agua son venerados también como benefactores de la fertilidad, la salud y la juventud. Esto explica que los mitos del agua se entretejan temáticamente con relatos sobre el árbol de la vida, con los ciclos agrarios o con los de la veneración de algunos árboles cuyas propiedades curativas eran transmitidas por las corrientes de los ríos.  (Piñeyro, 2005, p.4).

Según lo anterior el agua  ha estado sujeta a la ritualización de la vida y en diversos territorios constituyó las normas sociales en la relación hombre-naturaleza; “Esta actitud de respeto sagrado está relacionada con el temor a ser castigado. El agua es vida. Vida para todos. La vida es sagrada y si se atenta contra ella, se atenta contra todos. Por ello merece el castigo, norma concreta de gestión del agua que mantenían las comunidades originarias”  (Piñeyro, 2005, p.4).

Estas normas sociales fundamentaron el respeto y el cuidado del agua a partir de representaciones simbólicas y comunitarias que suscitan su sacralidad;  algunos espacios como lagunas, ríos, quebradas, humedales etc., son parte de este entramado cosmogónico y cultural a su vez que son vitales para la consecución de los saberes tradicionales.

De aquí se devela  otro aspecto fundamental en la relación del agua como mediador de la cultura y la naturaleza, puesto que es el factor fundamental para la configuración de narrativas  e historias que se han venido situando a través del espacio-tiempo; en algunos territorios esto representa el mantenimiento de las prácticas culturales arraigadas a la tradición oral y para el caso de los movimientos sociales ambientales  permiten re-significar a partir de la memoria histórica su sentido sagrado y simbólico.

Dicho lo anterior, para el caso de la asociación comunitaria Fortaleza de la Montaña proyectar su acción colectiva en la recuperación de los saberes tradicionales  en torno al agua, permite re-significar la memoria hídrica del páramo de Chingaza y recobrar todas las narrativas que sobre este territorio se han tejido. Por otro lado, cabe mencionar la recuperación del sentido cosmogónico  que le han brindado a las lagunas de Siecha, vistas como lugares sagrados desde la cultura Mhuysqa y que en su significación ontológica son el origen del pensamiento. En efecto revitalizar estas prácticas y narrativas que conciben la memoria sacralizada  del agua, tiene sentido por cuanto resisten a su depredación y devastación, además posibilitan acciones coherentes que propenden por su respeto y cuidado.

Por otro lado, el agua desde su principio orgánico también  fundamenta las relaciones de interacción, permanencia y arraigo al  territorio, ya que es a partir de las performatividades que se le construyen, donde los sujetos reconocen y se vinculan en lazos de una unidad social. Así mismo construir desde el agua exige una práctica de la conciencia por el espacio en el cual se habita.

Consideremos ahora una experiencia de la organización Alianza por el Agua, que bajo las dinámicas de respeto y cuidado por el agua y los ecosistemas, configuró relaciones de interacción y permanencia en el territorio  mediante un ejercicio de acción popular adelantado por la construcción de la troncal del cerro en el municipio de Chía Cundinamarca, donde los sujetos crearon lazos de solidaridad para la protección de la memoria hídrica y colectiva,  ritualizando a la naturaleza en sus prácticas de resistencia.

El agua entre la colonialidad y la modernidad

En contraposición a los caracteres que vislumbran el agua como relación sacralizada, emerge  el principio de modernidad-colonialidad anclado al modelo económico capitalista, que se instauró  en los metarelatos de los sujetos a partir de la homogenización de los saberes, desvirtuando la memoria hídrica y su sentido cosmogónico; por otro lado  este proceso negó toda relación solidaria entre hombre-naturaleza, situando una idea de control y dominación de lo natural mediante procesos de extracción y domesticación del territorio.

El proyecto hegemónico de modernidad-colonialismo encuentra legitimidad “en la negación del otro (inferior, retrasado, residual, improductivo y perezoso) en la apropiación de la naturaleza y su explotación,   en sus formas de conocimiento y en su trasmisión, la explotación del trabajo y la diferenciación identitaria. Estas crean el sexismo, el racismo, las limpiezas étnicas y la dominación”. (De Sousa Santos, 2007, p. 16) es por eso que estas  categorías traen consigo un modelo en el cual se plantea un mantenimiento del poder mediante la apropiación de lo público “Secularización” y el ejercicio legal y legítimo de la violencia lo que el autor denomina como contradicciones del estado moderno.

En los procesos de colonialidad-modernidad los humanos –hombres– son los dueños de la naturaleza que puede ser conquistada o protegida dado que se considera algo inferior y asociado a la animalidad, lo que implica la creación de fronteras conceptuales y prácticas específicas para relacionarse con ella.(Ulloa, 2001, p.192).

Desde esta perspectiva el agua, transforma taxativamente sus relaciones en la mediación de la cultura ya que pierde su significación trascendental, ahora bien, cabe resaltar que el agua es fundamental para las experiencias vitales, pero vista desde un producto que satisface las necesidades individuales y una propiedad abstraída de su entorno para ser parte del mercado como un recurso anclado al valor de cambio. Lo anterior permite entonces que el agua se remita a una relación de progreso y desarrollo económico como mito de origen de la sociedad global, es una estrategia de control de los países y de sus recursos, donde los saberes que guardan su memoria no son válidos y son excluidos por la homogenización dela historia.

A causa de este fenómeno se  atañe que el  agua es  racionalizada y controlada por medio de leyes, instituciones y estructuras organizativas que trasforman su determinación cultural  dando paso a un sentido profano del recurso hídrico, a su vez se instrumentaliza para configurar relaciones de poder, en tanto que sobre esta se generara el control de las relaciones de mercado. Más aun cuando el auge para la dominación geopolítica está inscrito en la tenencia del recurso hídrico.

Debido a estas  nociones de dominación y control sobre el agua y el territorio  es que los movimientos sociales y ambientales construyen los marcos de referencia para su acción colectiva ,  “resulta imprescindible que las personas se sientan agraviadas moralmente por una situación determinada y crean que la acción colectiva pueda contribuir para a solucionar esta situación, por ende esta perspectiva plantea que  sin la posibilidad de establecer un marco de interpretación de injusticia resulta improbable que la gente se movilice, aun cuando cuente con oportunidades para hacerlo” (Delgado, 2011, p.206)

Dicho lo anterior, las organizaciones sociales Alianza por el Agua y Fortaleza de la Montaña, han construido a partir de su agravio moral relaciones de resistencia, a partir de los marcos de injusticia que se fundamentan sobre el agua, en concreto por  la devastación de las fuentes hídricas, la contaminación de sus ríos y el desarrollo económico que niega el valor sagrado de sus territorios.

Por lo tanto es preciso reconocer su  significación colectiva que aporta a la capacidad de construir trayectorias, experiencias y nuevas epistemes desde el ser-saber y poder, permitiendo  transformar las visiones monoculares que se han construido en torno al agua, así mismo validar el saber popular que históricamente se la ha atribuido; para esto se vinculará el concepto de ecología de saberes planteado por De Sousa (2007),  re-significando la relación vital del agua con el entramado social.

El agua desde una teoría de la traducción de-colonial.

Para comprender la ecología de saberes es necesario reconocer la sociología de las ausencias  como las prácticas epistemológicas que han sido invalidadas y que permanecen en el olvido por que no refieren a los cánones de la ciencia legitimada; así mismo se entiende por sociología de las emergencias la ampliación simbólica de los  marcos de referencia, en cuanto a las prácticas, saberes y modos que se vivencian en la cotidianidad. En esta relación la ecología de los saberes cumple un papel de traducción del conocimiento hegemónico a diversas epistemes locales que surgen mediante prácticas situadas y arraigadas al territorio por las organizaciones sociales.

De este modo se interrelacionaran las cinco características planteadas por la sociología de las ausencias y se pondrán en diálogo con el  agua desde su configuración subjetiva y mediador de los saberes subalternos.

Monocultura del saber y del rigor.

Consiste en la transformación de la ciencia moderna  y de la alta cultura en los únicos criterios de verdad y de calidad estética, sus cánones únicos de conocimiento y de producción artística. (Santos, 2010, p.22). Desde esta perspectiva si referimos al agua desde el concepto de la ciencia moderna, se estaría negando el conocimiento que se ha planteado  desde los contextos particulares; aquí la traducción estaría ligada a reconocer los saberes populares que se han tejido sobre la memoria hídrica y las narrativas que configuran los sentidos cosmogónicos en el territorio.

Monocultura del tiempo lineal.

(Santos, 2010) idea sobre la cual la historia tiene un sentido y dirección única: progreso, revolución, modernización, crecimiento y globalización, común a esto se plantea que el tiempo es lineal y al frente están los  países industrializados. En esta categorización el agua se debería solamente a su definición como producto en las relaciones de mercado, en este sentido la traducción estaría enfocada en reconocer su historia desde los diversos contextos, además es el factor fundamental que da respuesta cultural e históricamente a la vida en términos sociales y trascendentales.  

Monocultura de la naturalización de las diferencias.

(Santos, 2010) Consiste en las distribución de las poblaciones por jerarquías, basada en atributos de  control considerando a alguien superior; esta relación está implícita en las prácticas de dominación de los hombres  al agua, su sentido es meramente desde la propiedad y la posesión para la satisfacción del mercado; este diálogo desde la traducción exige entender que las relaciones frente a la memoria hídrica deben estar enmarcadas por el reconocimiento del otro, por lo tanto se establece el respeto, la solidaridad y el cuidado desde la acción colectiva.

Monocultura de la escala dominante.

Se centra en el universalismo y la globalización, sin importar las realidades específicas, se niega al proceso local; el agua como categoría social debe ser condicionado bajo los contextos específicos que le dan atributos culturales y sociales; además porque no podría entenderse el agua  desde su sentido más trascendental como un todo, si son los sujetos que lo construyen en su acción colectiva.

La monocultura de los criterios de producción capitalista.

El crecimiento económico es un objetivo racional indiscutible, ese criterio se aplica tanto para la naturaleza como para el trabajo humano; esta relación se ve implícita  en la dominación del hombre por los recursos naturales vistos como fuentes de producción capitalista, así mismo el agua la significan como elemento capitalista que prepondera bajo lógicas del mercado; en la traducción el agua no pierde su sentido como recurso para la satisfacción de necesidades y articula la memoria hídrica a su conceptualización de bien común y derecho vital.  

Algunas reflexiones en torno  al agua, lo social y la educación en las organizaciones sociales alianza por el agua y fortaleza montaña.

La importancia del agua como una categoría social y  educativa, deviene entonces de su sentido cosmogónico  y material que posee para la construcción del territorio en términos multidimensionales, ya que trae consigo el valor sagrado que configura  las relaciones histórico-culturales, donde su significado está anclado a la ritualización de la vida y la creación de performatividades para su uso y sentido,  además en términos sociales construye las normatividades bajo representaciones simbólicas y comunitarias, que a su vez establecen su sacralidad en términos del cuidado y el respeto.  Otro aspecto fundamental que posiciona el agua como categoría social y educativa, es la configuración de narrativas e historias que se han venido situando a través del espacio-tiempo; en los   territorios esto representa el mantenimiento de las prácticas culturales arraigadas a la tradición oral y para el caso de los movimientos sociales ambientales permiten re-significar a partir de la memoria histórica su sentido sagrado y simbólico.

El re-significar la memoria hídrica desde su sentido cosmogónico y simbólico permite establecer prácticas educativas desde las organizaciones sociales-ambientales; Alianza por el Agua y Fortaleza de la Montaña, donde el agua retoma su valor sagrado y genera en los sujetos la revitalización de relaciones tradicionales  para su cuidado y protección, esto queda sucinto en la concepción y formas de ver los páramos, lagunas, ríos; a los cuales en las narrativas se fundamenta un valor de respeto y conservación.

De acuerdo a lo anterior el agua también responde como categoría social a las relaciones de interacción, permanencia y arraigo al territorio, ya que es a partir de la ritualización de la vida y las performatividades que las organizaciones sociales y ambientales están re-significando  la construcción de lazos de solidaridad, colectividad y territorialidad por parte de los sujetos. Es entonces el agua, al igual que la naturaleza un sujeto capacidad de acción y con  dinamismo propio que permite configurar  interrelaciones de los seres que la componen y  la construyen, a partir de prácticas de interacción mediadas por el ser-saber y relaciones de poder.

Cabe resaltar que como categoría educativa el agua, debe ser vista desde lo local ya que sus procesos de configuración se sitúan desde el territorio. Esto deriva que las prácticas por los cuales se defiendan y se proteja la memoria hídrica estén anclados a la construcción de estrategias que articule las narrativas que devienen históricamente y la re-significación que se le brinde desde la realidad concreta.  

De otra manera todos los procesos de re-significación  en torno a la memoria hídrica, responden al proceso de modernidad-colonialidad, donde se rompe la relación de equilibrio y respeto entre el hombre/agua,  desvirtuando su valor sagrado y homogenizando los saberes que sobre ella se han tejido; situando una idea de control y dominación de lo natural mediante procesos de extracción y domesticación del territorio. Lo anterior permite entonces, que el agua se remita a una relación de progreso y desarrollo económico, como mito de origen de la sociedad global, es una estrategia de control de los países y de sus recursos, donde los saberes que guardan su memoria hídrica  no son válidos y son excluidos por la homogenización de la historia.

Por otro lado el agua desde esta perspectiva se instrumentaliza, además que es controlada y racionalizada por instituciones que transforman su determinación cultural, acá se fundamenta  un aspecto importante en tanto que sobre esta se generan relaciones de mercado, mediada por la privatización del recurso hídrico y que en la sociedad globalizada se convierte entonces en un elemento para el control y la dominación geopolítica.

Estas lecturas  permiten en las organizaciones sociales Alianza por el Agua y Fortaleza de la Montaña; reconocer todo el proceso que el agua ha establecido en la configuración de la relación hombre/naturaleza y en la mediación que se le otorga en la construcción del territorio. Además,  la acción colectiva por parte de las organizaciones  ha significado la capacidad de construir trayectorias, experiencias y nuevas epistemes desde el ser-saber y poder, permitiendo  transformar las visiones monoculares que se han construido en torno al agua, así mismo validar el saber popular que históricamente se la ha atribuido. Esto requiere por parte de las organizaciones un ejercicio que deriva de la práctica de la conciencia ante la necesidad de reflexionar sobre el uso que individualmente se le proporciona al recurso hídrico y proyectarlo a nivel colectivo como estrategia educativa.

Bibliografía

De Sousa Santos, B. (2007). Reinventando la emancipación social: cuadernos del pensamiento crítico latinoamericano, 18(2), 18 – 40. Recuperado de: http://www.jornada.unam.mx/2007/03/31/sousa.pdf

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Escobar, A. (2005). Más allá del tercer mundo. Globalización y diferencia. Manizales, Colombia: Instituto Colombiano de Antropología

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Piñeiro, N. (2006). Agua y Semiótica, Polis, revista de la universidad Bolivariana (Venezuela). Recuperado  de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=30551409

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