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Por: Felipe Pineda Ruiz

2018 será, sin dudas, el año en que se tomarán las decisiones más cruciales en más de dos décadas en el país. Después de la reelección de Juan Manuel Santos (2014), y el plebiscito por la paz (2016), este año se definirá el futuro del post acuerdo, la lucha contra la corrupción, la matriz productiva venidera y los ajustes al modelo social y económico.

A solo 120 días de la elección presidencial, el listado de candidatos iniciales, más de 30, se ha reducido a una docena. De ellos, solo cinco ubicados en diferentes espectros ideológicos, se perfilan con posibilidades de llegar a una eventual segunda vuelta: Gustavo Petro (Centro-izquierda), Sergio Fajardo (Centro-derecha), Martha Lucía Ramírez, Germán Vargas-Lleras e Iván Duque (Derecha).

Entre todos existe un factor en común, la priorización de la disputa por situarse en el centro político y el interés de desplazar a los extremos a sus contendores. Por ello, la intención de casi todos de crear matrices de opinión en donde sobresalen los radicalismos del rival: Fajardo y Petro, desde la estrategia “uribista” y “vargasllerista”, intentan ser mostrados como aliados del “castro-chavismo” y las Farc; Uribe, Ramírez y Vargas Lleras, en la narrativa construida por Gustavo Petro, como agentes de las mafias regionales ligadas con el paramilitarismo. Al margen de la polarización se sitúa Sergio Fajardo, quien recibe ataques de ambos lados, sin distinción.

Las apuestas, de cara a la primera y segunda vuelta, siguen siendo inciertas. A cuatro meses del día D no es claro quienes llegarán a la segunda ronda, fechada para el 27 de junio. Las más recientes encuestas ubican a Fajardo, y a Petro, a la cabeza del pelotón. Sin embargo, éstas siguen mostrando el clima de opinión, medido principalmente en las ciudades principales e intermedias, más no un factor determinante: el peso de las maquinarias políticas en los más de 1200 municipios del país.

Éste último aspecto, las maquinarias, le otorga a quienes cuentan con ellas (Ramírez, Duque y Vargas Lleras) una ventaja de dos o tres millones de votos con respecto a los demás aspirantes, en este caso Petro y Fajardo. Lo anterior plantea desde ya una pelea entre candidaturas de opinión, enfrentadas a otras con aparatos electorales de orden clientelar y tradicional. En los municipios, aunque parece increíble, se sigue prefiriendo a los aspirantes que directa o indirectamente están ligados al bipartidismo clásico liberal y conservador. Aunque estamos adportas de la elección, nada está definido y, como se diría en el argot futbolero, “la serie sigue abierta”.

 

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